Muerto el rey, viva el rey

|| Opinión
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La detención en Capital Federal de Ramón Machuca, alias “Monchi” Cantero, fue un hecho significativo, sin dudas, en la lucha contra el narcotráfico. No obstante, sería pecar de ingenuo, o cuanto menos corto de miras, pensar que la lucha contra este flagelo está resuelto en una ciudad como Rosario, que acumula muertes violentas en casi todos los barrios.

Una vez conocida la noticia de la captura de “Monchi”, distintos funcionarios celebraron la buena nueva. La ministra de Seguridad de la Nación, Patricia Bulrrich, dijo que “la detención de Cantero lleva tranquilidad a todos, sobre todo a los rosarinos”.

En tanto, su par provincial, Maximiliano Pullaro, expresó que “la detención de Cantero es otro paso valioso en la desarticulación de la banda”. A pesar de las declaraciones de buenas intenciones, el panorama sigue siendo complejo. Es que no hay que ser un avezado observador en la materia para dar cuenta de un fenómeno  como el narcotráfico, que muta, cambia de formas y, como no, de protagonistas.

Así, en declaraciones un tanto más realistas, Rolando Galfrascoli, subsecretario de Investigación Criminal y Policías Especiales del Ministerio de Seguridad de la provincia, dijo que “la primera línea de Los Monos cayó, pero todavía queda un segundo círculo que sigue peleando por la reorganización del territorio y las actividades ilícitas que tenían en Rosario”.

En este marco, el supuesto “ocaso” judicial de Los Monos, puede, según entiende el periodista y diputado provincial Carlos Del Frade, implicar un reacomodamiento del gerenciamiento del negocio de la droga en Rosario. Para el autor de Ciudad Blanca, crónica negra, el nuevo liderazgo del narcotráfico estaría a cargo del grupo de los Alvarado.

Según Del Frade, la repartija de los negocios vinculados a la droga estuvo repartida de la siguiente manera: Los Monos con ascendencia en zona sur y el resto de la ciudad; los Alvarado en el centro; Medina en la zona oeste y los Pillines, de la barra de Central, en zona norte. A este panorama había que agregarle a los Zacarías en San Lorenzo, Granadero Baigorria y Capitán Bermúdez; y los Bassi en Villa gobernador Gálvez.

Con todo, en las últimas semanas se produjo el crimen de Julio Cesar Navarro, alías “Cara de Goma”, ladero histórico del Pillín, mientras que ayer, a plena luz del día, y cerca de los socios que practican deportes asesinaron a Matías Franchetti, más conocido en la barra leprosa como “El Cuatrero”.

Funcionarios municipales, rápidos de reflejos, siempre trataron de desligarse de la supuesta “estigmatización” de Rosario como ciudad violenta, vinculando los hechos sangrientos con problemáticas que se replican a nivel nacional.

Sin embargo, no se puede tapar el sol con las manos. Esta andanada de crímenes dan cuenta de un fenómeno que esta desmadrado y que, más allá de los nombres, sigue aquejando a los rosarinos. Poco importa que los Cantero estén tras las rejas, si detrás de ellos hay otros sectores que están prestos para tomar las riendas de un negocio que no para de sumir a la ciudad en una espiral de violencia. Por eso, muerto el rey, viva el rey.

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