Malvinas y ¿una nueva política de seducción?

|| Opinión
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Los paralelismos entre los gobiernos de Carlos Menem y la incipiente gestión Cambiemos son varios. Apertura de importaciones, alineamiento con Estados Unidos (relaciones carnales, en el caso del gobierno menemista) y seguimiento del recetario del FMI son algunos de los puntos de coincidencia. En ese marco, un llamado a “solucionar amigablemente” la disputa por la soberanía por Malvinas hace recordar a la política de seducción encarada por el entonces canciller Guido Di Tella.

Di Tella fue, precisamente, el encargado de tratar de acercarse a los Kelpers, los habitantes del archipiélago, para que los isleños dejaran su histórica postura de desconfianza hacia los argentinos. Más allá de los gestos simbólicos, la intención de la Cancillería en ese entonces era darle a los kelpers un status especial, que redundara en una mejora en su calidad de vida.

Luego vinieron los años del kirchnerismo, donde la cuestión Malvinas adquirió el estatus de política de Estado. La reivindicación del reclamo de soberanía, durante esos años, dejó de ser algo declamativo para transformarse en una cuestión central, llegando incluso a crearse la Secretaría de Asuntos Relativos a las Islas Malvinas, que del 2013 al 2015 funcionó bajo la órbita del Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, con la intención de darle envergadura política a la cuestión Malvinas.

Con este panorama no faltaron potentes discursos de Cristina Kirchner en la ONU que pusieron de manifiesto los constantes incumplimientos del Reino Unido de aceptar las resoluciones de dicho organismo, que instan a las partes a sentarse a dialogar por la soberanía de las islas.

Ahora bien, Macri negó la firma de un acuerdo con Gran Bretaña. Sin embargo, las negociaciones y el entendimiento con el país europeo implican reanudar los vuelos comerciales con las islas y la explotación conjunta de los recursos pesqueros y de hidrocarburos en la zona marítima del conflicto, todo sin hacer alusión al reclamo de soberanía de las islas, algo que Macri se encargó de aclarar, mediáticamente, que es “permanente y no negociable”.

Más allá de las declaraciones, desde el propio seno de Cambiemos surgieron dudas y voces discordantes. Así, sus socios en el Congreso pidieron que la canciller Malcorra explique en el Parlamento el cambio de política respecto de las islas.

Con todo, la cuestión Malvinas siempre fue una espina que todos los gobiernos de la democracia han tenido que sortear con suerte dispar. Desde el restablecimiento de las relaciones con Londres, en 1989, pasando por la política de seducción del menemismo, la confrontación directa del kirchnerismo, y este tibio reclamo de soberanía y acercamiento por parte de Macri, no hacen más que desnudar una política exterior siempre sujeta a los vaivenes políticos y no sostenida en el tiempo.

De esta manera, el macrismo deberá explicitar, ya sea en el Congreso o ante los foros internacionales, cuál es específicamente su postura con respecto a la cuestión Malvinas. Esto servirá para dejar de lado las declaraciones de ocasión y así enhebrar una política sostenida y firme de un reclamo de soberanía que trasciende los gobiernos de turno.

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