El sufrimiento de muchos, ante la ceguera de otros

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En la zona sudoeste de la ciudad, alrededor de 30 mil personas del Barrio Toba sufren las malas condiciones de vida producto del abandono estatal. Colectivos sociales luchan y exigen que se cumplan las promesas políticas mientras éstos ven lo que quieren ver.

Por José Ignacio Puentes, flamante egresado de TEA Rosario (puentesjoseignacio@gmail.com)

Juan es uno de los 14 millones de pobres que hay en Argentina. Pero no es eso, un simple número, porque Juan es una historia de vida viva, un joven que sueña con un futuro mejor para su vida y su familia. Él tiene 19 años y nació en el barrio Quinta Luciani, pero desde los cuatro vive en lo que él llama “villa”, un asentamiento precario en el barrio Toba en la zona sudoeste de Rosario, un lugar donde los taxis no ingresan por ser “zona roja” y las ambulancias entran, al menos en las pocas veces que lo hacen, escoltadas por un comando policial. Junto a su amigo Exequiel, caminan las calles del barrio cuidándose la espalda entre sí. No es que en problemas anden involucrados, sino que temen encontrarse con algún otro fuera de sí.

Nuestro encuentro, en una de las canillas comunitarias del barrio ubicada en la intersección del Peaje 1821 y Magallanes, se dio en un momento desafortunado de su quehacer diario. Mientras yo tomaba imágenes de la canilla, él se acercó para consumir de la misma. Abrió el grifo, pero de él no salió agua. Resignado ante esto, retomó su camino con su amigo. En un primer momento no creí en lo que veía, pese a que la situación ya es grave en sí misma. “¿Cómo que no sale agua?”, le pregunto. “No, no sale, comprobalo por vos mismo”, me responde. Entonces me dirigí a la canilla y la abrí. Nada. “¿Es común esto?”, interrogué. Sorprendido por mi reacción, aseguró: “Sale agua cuando quiere. Y la calidad es mala, se siente olor a cloro, sino otras veces sale salada o sino agua seca que tomas y te seca la garganta, pero no te queda otra que tomar igual si tenés sed. Es así, algunos se van a buscar agua a otros barrios, en esta zona no hay”

 

Juan no es el único que vive con esta problemática día a día. La mayoría de los vecinos del barrio en el cual viven aproximadamente 20 mil personas reclaman por esta situación desde hace años, y muy pocas veces fueron escuchados. Dicho inconformismo fue la causa por la cual se formó la multisectorial sudoeste, organización que nuclea a trabajadores de la educación estatales, organizaciones sociales y sindicales. Tras meses de reclamos, en mayo pasado la organización se hizo escuchar. Vecinos, docentes, asistentes escolares, trabajadores de la salud, de promoción social, de la cultura, organizaciones territoriales, junto a los gremios de ATE y AMSAFE se movilizaron frente a Municipalidad para exigir condiciones de vida dignas. El reclamo fue para exigir un plan de obras que garantice el suministro y la calidad del agua, la limpieza de la zona para prevenir entre otras cosas enfermedades que en pleno siglo XXI deberían estar erradicadas, y la implementación de espacios recreativos y de formación para los jóvenes para posibilitarles un proyecto de vida que los corra de los callejones sin salida de la desocupación, el narcotráfico o las adicciones. El “show mediático”, como así lo describió Mónica Roberts, directora de la escuela primaria Nº 1380 “Roberto Fontanarrosa” e integrante de la multisectorial, dio resultados. Se logró un compromiso del gobierno de reunirse en el territorio llevando propuestas concretas a los reclamos. Y la reunión se realizó.

Sin embargo, a las palabras se las lleva el viento. Pese a las medidas prometidas, entre ellas hacer controles más rigurosos de la cloración del agua ante las persistentes denuncias de vecinos; ocuparse de los basurales linderos a canillas comunitarias e instalación de más contenedores de residuos; la realización de un plan de cloacas para la zona en el marco del Plan Abre; y la revisión de la iluminación de la zona, hay cuestiones que no se cumplieron.

Con la salud no se juega

En el barrio, la atención a la salud es muy importante ya que el acceso a los hospitales públicos es un problema para los vecinos por cuestiones de transporte o dinero. En ese contexto, en el barrio funcionan dos centros de salud. Uno es el centro de salud municipal Barrio Toba y el otro es el centro de salud provincial Libertad. Este último, creado en 2010, comenzó a atender al público sin contar con servicios de agua, luz y gas natural. Con el paso del tiempo, los médicos se vieron forzados a tomar varias veces el edificio y a cerrarlo en numerosas ocasiones como reclamo por cuestiones salariales, de deudas atrasadas y de malas condiciones de trabajo. Cristian Zaccari, kinesiólogo del centro, dijo: “Cuando llegaban médicos a veces pasaban hasta 4 o 6 meses sin cobrar, que es una locura. Después de varias reuniones recién ahora se está normalizando la situación, desde hace tres meses”.

“El centro funciona con su propio generador de electricidad porque hace dos años, la corriente saltaba y nos quedábamos sin luz un día entero. Así no se podía trabajar. Acá no llega el gas, el agua que tomamos es del dispenser y no de red, porque el agua a esta parte del barrio llega en malas condiciones”, agregó.

Y el agua, un servicio tan básico para la supervivencia humana, es un viejo problema que azota a esta comunidad. Mónica Roberts explicó que Aguas Santafesinas construyó una planta de osmosis inversa porque uno de los problemas era la presión del agua debido a que el mismo caño que utilizaban algunos vecinos después se extendió al barrio. En ese sentido, Zaccari contó que “el agua no llega en condiciones para tomarla”. Y amplió: “Llega con sal, con muchos minerales, con olor feo, con gusto feo y las propiedades que debería tener sin olor e incolora no se cumplen.

Con respecto al funcionamiento del centro de salud, Zacarri contó que “la gente del Ministerio de Salud ahora está más cerca”. Al mismo tiempo, aclaró: “Si bien hay discrepancias, no estamos peleados como antes cuando desconocían la complejidad del barrio. No pasa por la cantidad de gente que puedas atender, pasa en qué situación viene la gente a realizar una consulta”. En ese contexto, agregó: “Hasta que no se cambie el paradigma de salud pública en nación esto no se va a solucionar. Se mejora optimizando la calidad de vida de la gente. Si le pones un techo, casa, salud, agua potable y comida, no se va a enfermar. ¿Alguien se enferma en el centro? Pocas veces. Acá la gente una vez por semana se enferma”.

A la espera de un mañana mejor

Juan se siente discriminado por ser como es. “A veces vamos al centro a manguear. Abrimos puertas de taxis o cuidamos autos, y más de una vez te dicen ‘Andá a laburar croto’. Te da bronca. Una vez uno me dijo eso y le dije ‘Dame laburo y yo te trabajo amigo’ y no me dijo nada, se quedó callado. Sí, siempre creen que les vas a robar y no es así, te miran mal”, contó. Actualmente él está realizando un EEMPA. “Hoy cobré la escolaridad, 730 pesos. Dejé un poco de dinero guardado y con lo otro me fui a comprar un balde, un fuentón, una palangana, vasos y repasadores para ir a vender y rebuscar por ahí, y después con eso me queda algo para la casa para comer. Y de vez en cuando me compro una bolsita de puchito, pero ahora quiero dejar, tampoco voy a estar en la droga siempre”, agrega.

“¿Por qué te drogas?”, le pregunto. Se sincera y afirma que lo hace para aliviar un poco sus problemas, despejarse, olvidar las cosas malas que le pasaron. “Algunos no piensan igual, algunos quieren robar, matar, chorear”, dice. Quizá muchos lo culpen, pero es parte de una generación abandonada por el Estado.

Mañana, puede que la historia de Juan sea olvidada, pero él va a seguir estando ahí, vendiendo baldes y palanganas y luchando contra la calle para poder sobrevivir. Ojalá la sociedad fuera más justa con él y con tantos otros en su misma situación. Que no sea un número en las estadísticas. Es un ser humano que merece vivir con dignidad, al igual que todas las demás personas que viven en su barrio. Son personas, y parece que a muchos eso se les olvida.

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