El fútbol nuestro que supimos conseguir

|| Opinión
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Árbitros cuestionados, clubes endeudados y torneos improvisados, entre otras cosas, hacen del deporte nacional un ámbito de permanente disputa.

Por Juan Morante

El pésimo arbitraje de Diego Ceballos en la final de la Copa Argentina sacó a la luz una serie de miserias del fútbol nuestro de cada día. Más allá de la bronca, justificada y razonable, lo que destapó el escándalo de lo ocurrido en el Kempes, es un entramado de improvisaciones que van desde la designación de los árbitros hasta la diagramación de torneos que, a todas luces, carecen de previsibilidad y son engorrosos por donde se los mire.

Así, asistimos al ridículo de no poder contar con público visitante en el torneo local. Sin embargo, esa prohibición no aplica para la Copa Argentina, donde las parcialidades visitantes sí pueden asistir y, muchas veces, deben compartir viajes por rutas a destinos alejados. Si la intención es federalizar el fútbol, la medida es bienvenida. No obstante, no deja de ser curioso que se prohíba el público visitante en el torneo local, pero se lo permita en la Copa Argentina, con el peligro que eso conlleva para las policías locales.

La diagramación del torneo de 30 equipos no hace más que mostrar las improvisaciones en el seno de la AFA. Con la exagerada incorporación de 10 equipos a primera, el nivel, no solo futbolístico, sino también de infraestructura de algunos clubes, desnuda las grandes diferencias entre los clubes con mayor poder y los más humildes.

Además, la clasificación a las copas, Sudamericana y Libertadores, agregan confusión a un sistema que debería ser mucho más sencillo. Así, clubes que pelean por el descenso pueden, simultáneamente, clasificar a copas internacionales. “Fútbol, la dinámica de los impensado”, diría, en otro contexto, el querido Dante Panzeri.

A su vez, el nivel de juego no hace más que mostrar la chatura de la liga local. Cabe destacar que los jugadores no colaboran para contribuir a un espectáculo más atractivo. Simulaciones, quejas constantes y pierna fuerte por doquier, ponen a los jugadores en el centro de la escena no por un caño, una rabona, sino por las facetas negativas del juego. En ese marco, uno va, como diría Galeano, “mendigando una buena jugada”.

Atrás quedaron, también, los tiempos donde se festejaba y se incentivaba el bueno juego. Ahora, parece, lo que prima es el resultado. Esto no hace más que reflejar el clima de histeria que genera la presión de ganar a toda costa. Así, muchos dirigentes se llenan la boca hablando de proyectos a largo plazo, pero a la primera de cambio despiden técnicos que pierden un puñado de partidos.

Asimismo, los clubes, que reciben importantes partidas provenientes de Fútbol para Todos, se encuentran sumamente endeudados, viéndose obligados vender, prematuramente, sus mejores jugadores a las ligas europeas, empobreciendo el nivel de juego de los torneos locales. Un éxodo que parece inevitable.

Con todo, el fútbol es el reflejo de maneras y formas que se expresan en la sociedad. Vivimos como jugamos, se podría decir. La violencia diaria que vivimos también se puede trasladar a los estadios y, en ese sentido, todos somos responsables de generar un cambio positivo. Si queremos que el fútbol no se muera, la frase en forma de muletilla que circuló por estos días, dirigentes, árbitros, hinchas y periodistas debemos estar a la altura para que hablemos de fútbol y no de factores externos que echan un manto de dudas sobre el deporte más popular.

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